Cuando un(a) chico(a) insulta, humilla, intimida o agrede a otro(a) en presencia de terceros, sin ahorrar el espectáculo a los que pueden estar mirando e incluso piden su complaciente asentimiento, está provocando en la mente del espectador un problema de disonancia moral y de culpabilidad, porque le está pidiendo que aplauda, o al menos ignore, una crueldad de la que el espectador no es responsable como agente, pero sí como consentidor.
Podemos hablar también de “clases de público o espectadores” que contemplan el fenómeno y cuya participación activa o pasiva es vital para prevenir y atajar el problema o bien para perpetuarlo.
Seguidores activos: No suelen iniciar la conducta agresora pero participan activamente una vez iniciada.
Seguidores pasivos: No toman parte activa en las agresiones pero disfrutan de ellas.
Observadores neutros: No disfrutan de las agresiones pero tampoco les preocupan.
Posibles defensores: No toleran las agresiones pero tienen miedo de tomar acción y verse agredidos también ellos.
Los espectadores tienen un alto grado de responsabilidad pues con su silencio permiten que las acciones del agresor continúen indefinidamente no sólo con la víctima actual sino con ellos mismos, pues no se sabe en qué momento se puede dirigir hacia ellos las conductas abusivas del agresor. Es importante que los espectadores busquen la manera de denunciar ante cualquier miembro de la comunidad educativa lo que está sucediendo para frenar el abuso y sus posibles consecuencias ya que también son responsables de lo que suceda con la víctima. El silencio es complicidad.
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